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Distintas teorías coinciden en señalar que este manjar llegaría a nuestra Comarca de la mano de los colonizadores mediterráneos que explotaron los yacimientos auríferos, o bien con aquellos hispanos que retornaron a las tierras del Bierzo tras haber cumplido el servicio militar en la Península Itálica.
Durante el medievo se atribuye su degustación a los frailes de la nominada “Tebaida Berciana. Para Afrodisio Ferrero Pérez fue una feliz idea de los religiosos del Monasterio de Complugo, mientras que para Bernardo Quindós Vega y Félix Pacho Reyero esta vianda sería obra de los “poderosos y refinados” frailes de Carracedo. Luis Barcia Merayo mantiene, por su parte, que el botillo nacería entre los monjes de Poibueno, en las faldas de la Cruz de Ferro de Foncebadón, a pocos kilómetros de Bembibre.
Lejos de estos postulados, la gastrónoma María Teijelo de Ramón sostiene que los creadores del botillo fueron los caballeros templarios. Conforme al escritor Vera Camacho, el elemento difusor de este embuchado por el reino leonés fueron las colonizaciones emprendidas por el monarca Alfonso IX (1188-1230. Aseveraciones todas ellas que, por otra parte, no se encuentran respaldadas por fuentes archivísticas.
En contra de lo anteriormente mencionado, las personas más ancianas de Tremor de Abajo decían que “los monjes del Convento de Cerezal se llevaban lo mejor del cerdo cuando la matanza y el pueblo mezclaba e introducía lo demás en una tripa gorda, que luego ponían a curar para su posterior ingesta”. Basándonos en este testimonio, el botillo surgiría entonces de la necesidad de aprovechar y conservar los escasos productos cárnicos que la población tenía a su alcance en un contexto histórico rayano a la subsistencia, siendo pues en sus inicios un alimento de las clases humildes. Lo que algunos han descrito como un sentido elevado de la economía familiar. De ahí, que su grandeza esté en su prosaica sencillez, y su fuerte nutriente.
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